Los magos de la nueva Era

0 Posted by - 29 septiembre, 2013 - Crónica y Fotos

De acuerdo al calendario maya, el 21 de diciembre de 2012 se termina un ciclo de 5125 años. En el norte de Córdoba, un grupo de personas armaron una Aldea donde viven de acuerdo a la cuenta sagrada de los mayas. Otra manera de estar en el tiempo, esperando la nueva era.

 

Charbonier es un pueblo al norte Córdoba en donde el calor es signo de una naturaleza impune y desierta y la sombra es el sueño de los viajeros que buscan un gesto de piedad en algún algarrobo viejo. Este relato ocurre aquí. Pero para eso hay que internarse unos 3 km adentro, camino a San Marcos sierras, atravesando un paisaje poco fértil de tierra enardecida, donde la imaginación sólo puede proyectar animales pequeños y venenosos esperando un paso en falso.  Allá, mucho más adentro, viven trece personas, nueve perros, y una gata: es pequeña, está preñada y es gris.  El lugar es una aldea maya. Esa Aldea se llama Magos de Tollán.

Tollán es algo así como la tierra prometida.

-Si esperan a que llegue mi viejo de Capilla del Monte yo los llevo, me dan algo de plata para el gas, y listo, dice Leonel, hijo del dueño del único bar a la vista sobre la ruta.

¿Y cómo hacen los de la aldea para venir al pueblo?

A pata vienen, ellos son todo natural, viste. A veces los lleva mi viejo porque por ahí vienen con los nenes. 

El Peugeot 504 azul encara sobre un camino de tierra recto. De un lado del camino, espinillos; del otro, espinillos;  arriba,  la figura de un cóndor  refleja esas sombras rectas y uniformes de la siesta. Después de 15 minutos, tres kilómetros y un baño de tierra seca, el auto se detiene frente a un portón de madera.

-Es acá, dice Leonel.

Adentro y arriba, una casa con hamacas en la puerta, un molino y una pileta redonda. Al costado, espinillos;  al otro costado, espinillos. Abajo, ni una sombra.

Una mujer de cinuentaytantos abre la puerta. Sonríe y su sonrisa es inalterable, como si alguien le hubiera dado una orden piadosa de no dejar de sonreír.

-Hola mis amores, dice. Lleva encima un pantalón corto, una remera violeta y un cristal entre las cejas. “Es para marcar el tercer ojo, no lo uso siempre”. Su nombre es Semilla. O Gladys Mabel. O los dos porque en la vida todo va cambiando y también los nombres. Que la aldea queda al lado, dice. Que recién estuvieron los chicos en la pileta. Que la vida es un juego para vivirlo con amor, se despide.

Dos portones después: la tierra prometida. Al costado de un portón de madera el cartel: Aldea Magos de Tollan. Una campana para anunciarse, otro cartel que explica eso que no se debe dentro de ese sitio que comienza con un camino bien adentro: ni fumar, ni beber alcohol, ni comer carne. Nada de eso se puede allí. Un campanazo que pareciera ahogarse en el paisaje. Dos campanazos. Y tres. Nadie sale. Entramos.

Betty sale de su casa hecha de prolijo adobe. Tiene el pelo largo y blanco. El sol de la siesta hace que se ponga la mano en la frente. Soy Betty pero me dicen la abuela, se presenta. Tiene 77 años y vive en la Aldea hace tres, desde que Tollán se instaló definitivamente.  Indica el camino con las manos hacia donde está el resto de los aldeanos.

-Sigan derecho por ahí, pasando el baño van a encontrar la cocina, señala con la mano hacia su derecha.

El paisaje no parece registrar ningún cambio. Frente a la casa de Betty , otra construcción de adobe se levanta. No hay ruidos, ni viento, ni sombra. Adivinando el camino, la cocina aparece.

-Que esperen ahí, ordena una voz de adentro.

“Ahí” es otra construcción de adobe hexagonal que funciona como cocina y recepción. Un espacio común donde hay banderas de la paz colgando, budas meditando, tarros con maní, cocina a leña, calendarios mayas en las paredes, frazadas apiladas en el suelo, zanahorias, remolachas y verdura sobre la mesada. Y moscas. Y alguno de los nueve perros. Pero sobre todo, moscas.

De la habitación contigua sale Claudio, un niño de ocho años menudo e intenso que pregunta. ¿Cómo te llamás? ¿Cuál es tu sello? El sello: el signo con el cual nacemos según el calendario y por el cual tenemos una misión, una energía, y así. Claudio es hijo de Rodolfo y Claudia, el matrimonio que llevó a cabo el proyecto de la vida comunitaria.

Saca le lengua, revolea camperazos, se ríe, pregunta, insiste:

-¿Cuál es tu sello? 

Una chica de 27 años sale detrás de Claudio, se llama Cecilia y estará en la Aldea sólo por un tiempo. Atrás de Cecilia, y como si fuera una bienvenida en dominó, sale Mili la hermana de Claudio de 5 años que agarra por el brazo a Cecilia y le dice:

-Vos no digas nada, vos no sos de acá.

Del comedor, inmediatamente preguntan la fecha de nacimiento. Sale Rodolfo, busca una brújula maya, un disco con tres circunferencias que se giran y se interponen. Pone una esfera para allá, otra para acá, mide calcula y dice: sos Caminante del Cielo Rojo Galáctico. Los magos de Tollán se llaman por sus nombres mayas. Saber cual es el sello que te caracteriza es tan vital en este lugar como lo es para un cirujano saber el tipo y factor de sangre. Por eso Mabel es semilla, y en la aldea hay monos, águilas, noches, guerreros, espejos y caminantes.

La aldea comunitaria tiene su tiempo propio. Las trece personas, los nueve perros y la gata pequeña gris y preñada viven de acuerdo a un lema tan simple como efectivo: quien posee tu tiempo, posee tu mente. Claudia y Rodolfo – de profesión Contadores, ex habitantes de la ciudad de Córdoba y su tiempo de relojes y números- decidieron crear esta aldea con la sana decisión de poseer su tiempo, y su mente. El método: seguir la cuenta sagrada de los días del calendario maya.

Esa cuenta consta de 13 meses, de 28 días cada uno. Eso nos daría 364 días. Pero si le sumamos el Día fuera del Tiempo celebrado el 25 de julio debido a la alineación de la estrella Sirio con la Tierra, entonces, bingo. Cada día tiene su energía y su color y su misión. En esta cuenta, los días no son ni lunes ni martes. Entonces un día amanece y ya no es lunes sino el día del Mono Azul Galáctico. A su vez, ese día está sujeto a otro patrón de tiempo llamado Onda Encantada, un ciclo de 13 días en los que se trabaja un tipo de misión de acuerdo al sello o firma galáctica – algo así como un signo astrológico maya con el cual todos venimos según nuestra fecha de nacimiento – y a su vez esa Onda encantada está dentro de una Luna – el mes, en criollo- que a su vez tiene otra misión y así. Toda esa gran cuenta de los días, termina el 21 de diciembre de 2012. Vivir de acuerdo a ese orden de tiempo, armonizarse con los ciclos naturales de la tierra es, más o menos, lo que hacen aquí.

El tiempo como una muñeca mamushka.

El tiempo y sus infinitos nombres.

Para los seguidores del calendario el tiempo es arte.

-Los niños son como catalizadores de las personas, los ponen a prueba. Claudio le hecha, los maltrata, les explora los limites, dice Claudia sentada en la mesa continua a la otra sala. A su lado, Rodolfo, su compañero. Al costado de Rodolfo, comienzan a aglutinarse los demás miembros de la aldea. El comedor de pisos de tierra pronto se convierte en un auditorio improvisado donde Claudia responde, explica, recuerda.

Según los seguidores del calendario, el hecho de tener una cuenta donde los meses sean irregulares nos hace más neuróticos, más consumidores, menos conectados con los ciclos naturales de la tierra. El creador de esta nueva corriente se llamó José Arguelles, un norteamericano de padres mexicanos quien transmitió la información  del calendario en 1987,  lo que él denominó como La Ley del Tiempo. Según las profecías de Quetzalcoatl, el 16, 17 y 18 de agosto de ese año, debían reunirse 144 mil personas en diferentes puntos sagrados del mundo para meditar por la paz. Ese sería el comienzo de una nueva humanidad. La profecía falló pero por una provechosa inexactitud matemática: José Arguelles logró juntar casi dos millones de personas.

Sus seguidores lo consideran un maestro que transmitió la información esencial para la nueva era. Sus detractores le cuestionan la complejidad de su teoría,  y que se haya autoadjudicado la reencarnación de Pakal Votan, llamándose a sí mismo como Valum Votan.

-Vivimos en una civilización que nos ha separado de los ciclos de la naturaleza. Para nosotros el 2012 representa la recuperación de nuestra conciencia solar galáctica. Es el comienzo de una nueva civilización, es decir una civilización telepática. 

Cuando Claudia dice Telepática, quiere decir exactamente telepática.

¿Y lo usan acá? ¿Podés usar la telepatía para cualquier cosa?

 -Se puede, y así vamos a ser los humanos en el próximo ciclo.

Arguelles murió – desencarnó es la palabra que usa Claudia- el 23 de marzo de 2011. Quien crea en las ironías del destino pensará por qué el profeta del 2012 murió antes del gran acontecimiento. Quien prefiera usar un dicho y modificarlo un poco dirá: nadie es profeta en su tiempo.

¿Lo conociste?

Con arguelles tuve una experiencia transperosnal muy fuerte porque primero lo soñé, yo viaje a Chile a conocerlo y cuando se presentó ante mí estaba con la misma ropa. Me di cuenta que él había entrado en mi sueño, se había proyectado. Y eso lo pude entender hace poco. Tuve una conexión desde otros planos. El nos decía que el era un ser humano común dando una información y lo que nosotros hiciéramos con ella era responsabilidad nuestra. Entonces era como así. 

Como así explica en parte esta historia. Claudia Y Rodolfo, son un matrimonio que decidió hace tres años vivir la experiencia de la comunidad. Cuando Claudia conoció la teoría de Arguelles estuvo tres meses sin poder entrar a su oficina. Supo – como así- que la experiencia comunitaria, la vida en un ambiente natural, más tarde, o más temprano, iba a ser inevitable. Compraron este terreno de 22 hectáreas en el medio de la nada y se vinieron con casi nada. Claudia y Rodolfo lo cuentan sin el énfasis de un relato épico. Lo cuentan como así: que no tenían luz, ni agua, y se bañaban con un tarrito.

Al costado de Claudia se sienta Gustavo, un chico de 24 años de Bahía Blanca, ex estudiante de comunicación social y muy parecido al Principito si el Principito hubiese vivido en Bahía Blanca y luego se hubiese mudado a una aldea maya.

-Yo me enteré de esto por internet, y después leí un libro y vine a hacer la experiencia de 13 días. Después me volví. A la experiencia de vivir acá en la aldea, lo estoy viviendo con muchos procesos internos de purificación y cambios y ….y…y…

Habla pausado y sonriente. Parece olvidarse de las palabras y cierra los ojos. Las busca de nuevo sonriendo para si mismo. Las pausas son largas. Un lapso incómodp para quien escucha y no puede ayudar a completar las frases.

-Nuestro círculo de amigos creen que estamos locos, no tengas dudas, dice Rodolfo.

-Mi familia siempre me ha bancado porque siempre fui una persona muy inquieta – Aclara Claudia- fui catequista, militante estudiantil.  He militado en el socialismo. Mi viejo siempre me decía “si sos socialista, sos líder, la numero uno, si sos maya, sos la numero uno, siempre en la cresta de la ola”. Hay un respeto y hay un reconocimiento a la coherencia. Nosotros no proclamamos algo, sino que estamos encarnando  lo que decimos y eso es muy fuerte par al gente. 

Claudia mira a Jorge, un aldeano ecuatoriano que vive en la aldea hace casi un año. Jorge talla avioncitos de madera y escucha.

  • ¿Vos Jorge no querés decir nada?, pregunta.

Jorge levanta la mirada y dice:

-No.

Ubicadas en unos bancos contra la ventana están Isabel, otra ecuatoriana de rastas prolijas y mirada fija y Cecilia, una estudiante de cine de Buenos Aires que llegó junto con Isabel para vivir la experiencia de los 13 días comunitarios. Las dos tienen sus nombres mayas y así las llaman: Sol y Águila.

De su antigua vida no extrañan mucho. Un cubo de hielo para el agua que está tibia y salada por los minerales de la tierra. Helado, a veces. Un lavarropas, recordará con nostalgia Claudia. Y nada más.

-Ah, y la minipimer. Eso también extraño. Pero nada más.

Y ahora sí va en serio: no extraña nada más.

 

***

 

Los magos de Tollán meditan en la hora blanca. Aquí nadie usa reloj y la hora blanca es el color del sol cuando el sol todavía es una intención breve. Se despiertan a la hora blanca cuando uno de ellos hace sonar un caracol rosado en dirección a los cuatro puntos cardinales. Ese sonido afónico les indicará también que es hora de comer, que es hora de trabajar, que es hora de meditar. A esa hora caminarán despacio por los caminitos que fabricaron en esas 22 hectáreas de yuyo bajo. Los senderos en la aldea son estrías secas, marcadas por piedras grises y pequeñas. Todo parece hecho para que no quede duda: adobe, piedra, pozos de agua y huerta. Meditaciones diarias, que nadie se salga de las reglas, acá se vive así. Bienvenido el que quiera.

Los caminos se van uniendo y la aldea se despliega  tomando forma de ciudad elegida: un baño seco, de uso comunitario construido con adobe y cañas. Allí, todas las cosas irán por su sitio. Un inodoro como el de cualquier hijo de vecino. Adentro, la tecnología de la alternancia y la separación: por un lado el pis por una botella, más atrás un tacho con aserrín para el resto. Todos los desechos luego serán compostados para abono. En la Aldea el uso de los recursos está medido y controlado. Todo se recicla, todo sirve de nuevo.

El camino sigue hacia arriba. Distribuidos en el terreno hay otra construcción de cañas para que jueguen los niños, “Domos”, una especie de construcción diseñada para la meditación. Las construcciones de adobe son pocas, y la mayoría de los aldeanos viven alojados en carpas. De pronto, el paisaje se despeja y un terreno plano se extiende en medio del matorral. Sobre el suelo, una figura construida con piedras grandes con forma de estrella. Van llegando de a uno, sin orden -sin ruido. Con frazadas bajo el brazo y se ubican sentados en los vértices,  de cara a la montaña. El sitio se llama “Ceremonial” .Claudia ocupa el centro. Jorge, guía la meditación. Es el día de la Semilla. Todos escuchan con los ojos cerrados con las piernas cruzadas. Simétricos, silenciosos. Así pasan los días.

***

Sandra es Tormenta y corta las frutas sobre la mesada de madera. De acuerdo a la organización comunitaria de la aldea, hoy le toca preparar los alimentos del día. La organización es cíclica, circular. A cada uno le tocará de manera rotativa o preparar la comida, labrar la huerta, limpiar el baño, construir las casas, acondicionar el material de estudio. El resultado de todo el trabajo es colectivo.

Tormenta corta las naranjas en gajos generosos. Pone a tostar maní y semillas en la cocina a leña. Es de Chapalmalal y viene a la Aldea cada tanto, a compartir la experiencia comunitaria.

  • Cuando vuelvo me doy cuenta de la cantidad de servicios al pedo que tengo en mi casa, dice, mientras se seca las manos con el repasador. Y se queda como pensando en voz alta, como si se retara a sí misma.
  • Es que el sistema te dice que eso es TU internet, TU lavarropas, TU televisión. 

Cuando llegan todos, la mesa está servida: todo es generoso y colorido. Naranjas, sandías, semillas, melón distribuidos en platos hondos. Todos agradecen y levantan los repasadores rápido. Las moscas se posan en los repasadores y esperan. El diálogo es un bullicio agradable de teorías metafísicas y ruidos a sandía rota clavada en los dientes. Todos terminan a su ritmo y salen a trabajar: algunos irán a construir la nueva casa de uso comunitario con adobe y cañas, Cecilia  Isabel y Gustavo irán a regar la huerta. Hay días en que a algunos no les toca nada. Entonces hacen nada con la absoluta bendición del tiempo.

A la tierra prometida puede venir quien quiera. Quien pueda. Quien llegue.

  • Nosotros mandamos un radión telepático. El que tiene que llegar, llega. No cualquiera viene. Es muy fuerte la energía de acá, dice Claudia medio a los gritos desde la otra punta de la cocina.

Los visitantes llegan para aprender el uso del calendario maya, o par vivir la experiencia comunitaria 13 días, aprender técnicas de construcción natural o participar de los Temazcales. Los cursos y talleres tiene pueden variar de 100  a  700 pesos y son, en parte, la forma que se sustenta la Aldea además de los recursos autosustentados como la huerta. Para lo demás recurren al viejo hábito: van al mercado y compran. Los que no pueden pagar los cursos, la Aldea les piden que dejen algo a cambio. Un intercambio de reciprocidad para que nadie se quede sin lo que le corresponde. Después de eso, algunos se van, otros se quedan. Construyen su casa de adobe, o se instalan una carpa y comienzan de nuevo bajo el augurio de un tiempo sin paredes. La única consigna es respetar las normas de convivencia y el trabajo comunitario. Los habitantes de Tollán entran y salen y nadie los mirará raro si en la ciudad se comen un bife de chorizo. Pero dicen que el cuerpo ya se les acostumbra a la ausencia de carne, que Sergio bajó 50 de sus 135 kilos iniciales y cuando fue a su casa de buenos aires para visitar a su madre su madre quedó espantada diciendo hijo mío, en ese lugar no te dan de comer.

“Lo reconocés? Esa era yo, dice Sergio orgulloso  mostrando una foto de hace 6 meses atrás. En la foto está él, de perfil, de carnet, con esos 50 kilos de más que su madre tanto extraña.

-Nosotros no comemos carne, pero si los nenes salen y quieren comer carne, comen. Es parte también de ejercer el respeto a su libertad, de no condicionarlos. Y  vos te das cuenta como repiten las cosas de acá. Una vez fuimos a un hotel a visitar a un amigo y nos invitaron a cenar. El menú era carne, yo no me había dado cuenta antes. Les corte la carne a ellos, y Claudio dijo “yo cadáveres no como” y la nena peor porque me mira y me dice “no mamita, yo estoy de ayuno”.

Los hijos de Claudia y Rodolfo van a escuelas públicas, aunque Claudio ahora va a ingresar a una escuela de otra modalidad. La educación, para ellos, tendría que ser comunitaria también aunque todavía no se sienten en condiciones de llevarla a cabo.

  • Cuando voy a buscar a Claudio al colegio siempre le digo:¿Comité comida de luz? Y él me responde: “No Pá, comí milanesas.”

 

***

 

Ahora están sentados bajo un algarrobo que tiene un cartel que dice “Árbol de la Paz”. De todas las formas geométricas, el círculo siempre gozó del incuestionable privilegio de no tener bordes. Sin bordes no hay costados filosos. Todos a salvo.

En círculo dan la bienvenida a quienes llegan.

En círculo deciden.

En círculo discuten.

En círculo se despiden.

El tiempo no es un círculo, pero se le parece.

  • Ahó, gran espíritu. Dice Claudia sentada sobre una frazada, con una rama  como bastón. 

Decir Ahó, es como decir amén.

  • ¡Yo quiero hablar! Yo quiero hablar!, grita Claudio.
  • ¡Pará Claudio! Ya vas a tener tu turno, pero si te parás y te vas del círculo no podés hablar, le responde Claudia.

Claudio se sienta por un instante que serán segundos en un tiempo que para él será un siglo.

Pero después tomará el bastón que mide el doble de su cuerpo, y de frente a Irma, una mujer que llegó para pasar una semana en la aldea, le dirá:

-Yo te quiero agradecer Irma por estar acá. 

Irma  un poco que sonríe, un poco que se emociona. Un niño con un bastón le dice gracias irma por estar acá. La gratitud en boca de un niño con bastón hace que todos devuelvan la misma sonrisa cándida, reverencial.

El tema, luego,  es la expulsión de un miembro. Un tal Semilla, que se olvidó de leer el cartel de la entrada y lo encontraron fumando. “Las reglas no se discuten”, recuerda Claudia.

  • Ahó, Gran Espíritu, dice la abuela Betty. La voz de uno, tiene que ser la voz de todos. La decisión de uno tiene que ser la decisión de todos,
  • Ahó, tras Ahó, que en palabras suena como ajó del bebé, se irán dando las gracias por todo en una asamblea que durará cerca de una hora. Después, vendrá otro círculo. Esta vez abrazados cantarán una canción con coreografía incluida. Le pedirán a la lluvia que caiga: “Bendita Shuvia, lalalala” Giran, giran, giran. Piden por la lluvia como si la lluvia fuera una madre amnésica que se ha olvidado de sus hijos. La tierra seca se levanta cerca de sus pies. Mañana lloverá. Pero ellos no lo saben aún.

 

***

 

A la hora azul, vuelve a sonar la caracola rosa. La hora azul es la hora en que el sol tapa los colores agudos. Otra vez simétricos, se sientan en silencio. La tarde trae los sonidos: todo parece estar dentro de una jaula abierta de insectos que gritan como salidos de un encierro milenario.

En la cocina, a la hora de la cena, los magos de tollan se alimentan de remolachas, zanahorias, y arroz. Todo vuelve a tener una luz tenue y azul como de nave espacial que le quita los coleres. La luz es tenue. La electricidad es un lujo que no existe en la aldea: Apenas dos lucecitas LED que los separan de la oscuridad. Claudia es la última en llegar del sitio ceremonial donde meditan. Dice que vio unas luces bajar por la montaña. “Tres luces hermosas”. El resto sigue comiendo. Tres luces hermosas parecen un dato corriente para los magos de la nueva era. Al costado de la cocina a leña duerme un perro pequeño. La gata pequeña y gris se sube a mis piernas.

  • Dejala, dice Jorge. Los gatos hacen eso para armonizarnos. Dejala, ordena.

La gata pequeña y gris se acomoda. Un  bulto en el estómago se mueve. Está preñada y es pequeña pero es fuerte. Intento sacarla pero se asienta. Ella es la dueña de la situación y no quiere dejar dudas al respecto. Luchamos un instante tironeando. Yo quiero que ella se vaya, ella está empecinada.

  • Dejala, vuelve a decir Jorge. Ellos saben.

Jorge prepara el material de estudio para el día siguiente. Después hará una pausa y tomando un sorbo de mate salado preguntará.

  • A ver, diganmé ¿Cuál es la mejor peor decisión que han tomado en su vida?

Nadie responde. La gata se baja.

Me pregunto qué es eso que tanto saben los gatos.

 

***

 

-Nadie esta contento como vive, pero la gente se queja, se queja y se queja y no hace nada. Qué puedo hacer por lo que yo creo, pienso. Y un día me dije, chau, me voy a vivir como yo pienso. Y es una realidad que te sorprendo todos los días. Si no pasa nada, no lo cambio, esto me hizo crecer mucho, ampliar mi consciencia.

Belu lava la ropa a mano al costado de las duchas comunitarias. “acá no te aburrís nunca”, dice. Tiene 27 años y un día de su vieja vida estaba sentada frente a una computadora pensando por qué tenía que trabajar de lo que estaba trabajando. Era diseñadora gráfica y sus días pasaban frente a una pantalla.  Entonces dijo Chau, y se vino hace tres años. Vive con Mono, su pareja.

-¿Cuál es el objetivo de todo esto?

Que se manifieste el arcoíris

-¿Un arco iris de verdad?

La respuesta no deja lugar a las metáforas. Un arcoíris es un arcoíris. Un círculo de 7 colores partido a la mitad.

-Esto es bien, bien científico: el campo electromagnético que nosotros también los tenemos, y está a no se cuantos metros de la tierra,  tiene esta forma así y tiene esta forma así, que en los polos se unen, son los anillos Vaan Allen. 

Belu toma el cuaderno y dibuja una circunferencia. Alrededor del círculo que simula ser un mundo  dibuja un arcoíris con la forma de las manzanas cuando a las manzanas se las ve cortada por la mitad.

Esto lo podés hacer como experimento. Si pones un imán redondo, le  ponés un papel arriba y tirás el carbón del lápiz , se acomoda  y se pone de la misma forma.

-¿Y qué va a pasar después de esto?

Lo nuevo es la capa mental. Eso no quiere decir que se va a acabar la materia, se va a acabar el mundo como lo conocemos. Va a ser como uno crea que es, si yo creo que va  a ser un desastre v a  ser un desastre. Yo veo una tierra maravillosa, todos súper humanos con súper poderes conectadísimos y felices.

Prepararse para el arcoíris. Para el fin del ciclo que termina el 21/12/2012. Y cuando dicen arco iris, hablan de un arcoíris de verdad.

 

***

 

En la cocina, Betty está sentada de espaldas a un Tzolkin sagrado. “Yo estuve aquí cuando empezó todo esto”, dice como si contara toda su vida. El relato de Betty es plano, intenso , sin sobresaltos, como así.  De todos los aldeanos, ella fue una de las pioneras. Se mudó ni bien estuvo listo, primero en barrios aledaños, y luego, ya lista su casita de adobe hexagonal, se vino.

Como casi todos, encontró la filosofía maya y comenzó a estudiar y a dar cursos. Conoció a Arguelles y lloró cuando se dio cuenta que lo conocía de otra vida. Con cinco hijos y ocho nietos, la abuelita maya está ahí por convicción: “Uno de mis nietos me dibujó debajo de un arco iris. El sabe lo que yo estoy haciendo acá”.

A los Magos de Tollan la certeza les viene como una cascada. Corre, irrumpe, se desploma y sigue. No conciben que no pase nada. Las cosas son como son y la convicción de que lo posible es directamente proporcional a lo que creen, los hace estar en este monte sin sombras, esperando el día indicado. Lo único que esperan es que los que llegan y se van se lleven algo: un nuevo hábito menos nocivo, alguna idea sobre otro tiempo, una nueva fe rectilínea que los lleve sin tumbos al nuevo ciclo. Ellos dicen estar haciendo un servicio planetario. Por eso están allí. Y porque del tiempo de los relojes no les interesa casi nada.

Mili se ofrece a mostrarnos el camino de salida. Diez metros antes del portón pega media vuelta como si nunca nos hubiera conocido. Camina de nuevo hacia el interior de la aldea. Levanta la mano y saluda sin darse vuelta

Afuera del portón es martes.

A Mili, ese detalle, parece no importarle mucho.

Texto: Sol Aliverti / Fotos: Diego Lima

 

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