Confesiones de un muro – Historias mínimas en torno a la frontera más cruzada del mundo

0 Posted by - 31 octubre, 2013 - Crónicas

Por Sol Aliverti


Aquí está mi cuerpo.
Dicen los de por allá que desde el cielo soy una mancha fina clavada en suelo amarillo del desierto.
Desde la tierra –dicen– soy un bulto flaco de tres mil kilómetros en donde todo 
rebota y se deshace, menos la muerte.
Aquí está mi cuerpo.
Jamás pude saber mi nombre. Muro, me dicen desde esta ciudad que sabe a sopa de pollo y tiene burros que parecen cebras. Valla, me dicen en el norte, como para que no cause problemas.
Aquí está mi cuerpo.
Por esas cosas del destino terminé mirando al norte y poniéndole la espalda al sur. Me cuesta dormir. Sobre todo acá, en la parte que da a Tijuana.
Aquí está mi cuerpo.
Es flaco. No tengo piernas. No tengo brazos. Mis oídos son sensibles: nunca duermo. Tengo ojos: miles de ellos. Todos los días es lo mismo. Yo veo pasar los autos, yo veo pasar la gente, yo los veo morir.
Yo los veo intentar.

 

***

 

Llegar a Tijuana es no entender. Llegar al aeropuerto General Abelardo L. Rodríguez es mirar por la ventanilla y ver como a tu derecha te escolta un guardaespaldas flaco de 17 km con cruces clavadas en el cuerpo. A tu izquierda está esta ciudad que huele a sopa de pollo,tiene burros que parecen cebras y los gringos vienen para hacer de todo, menos rezar.
Llegar a Tijuana es acostumbrarse a que el paisaje sonoro se llene de palabras como moscas que insisten: frontera, la migra, inmigrantes, narco, muerte. Muro, muro, muro. Hay quienes dicen, naturalmente, que Tijuana no es sólo ese gran boquete de sexo y muerte fácil. Ellos dicen que Tijuana también es gente que vive y trabaja, su cultura, la identidad; más que la frontera, la migra, inmigrantes, narco, muerte, muro, muro, muro.
Sus casi 2 millones de habitantes son arena movediza que se desplaza todos los días entre Tijuana y San Diego, en EE.UU.
“Aquí comienza la patria”, es el lema de la ciudad. La Patria también es un término movedizo que depende de qué lado de la frontera se tenga puesto el pie. El muro es una sombra omnipresente. Recorre la ciudad de punta a punta siempre a la derecha si uno va hacia el pacífico; siempre a la izquierda, si uno vuelve de la zona de Playas. Si uno quiere entender Tijuana allí está el muro. Si uno no quiere entender: allí está el muro. Si uno no puede entender: allí –definitiva y concretamente– está el muro.
La zona de las Playas de Tijuana tiene ese glamour oxidado de los lugares que pretenden ser de un modo y no logran llegar a la estatura de sus sueños. Es lunes por la tarde y los vecinos del lugar parecen escondidos de algo.
La postal tiene el brillo de los pueblos del lejano oeste: está nublado, la temperatura es menor a los 20 grados, el agua es fría y las barras de hierro oxidado del muro se entierran hasta entrar 30 metros adentro del mar. Desde allí se puede ver el mismo mar, la misma arena y una patrulla de “la migra” custodiando el espacio.
Un hombre de camisa roja a rayas blancas asoma su cabeza por entre los barrotes y saca el brazo en dirección a EE.UU. Observa cómo lo hacen repetidamente todos los turistas y curiosos que hoy están allí, convirtiendo el impedimento en postal. Para el hombre, sacar el brazo a EE.UU es cosa seria: una parte de su cuerpo ha podido pasar sin visa, sin permiso de residencia.
–Por lo menos el brazo, ¿no? –comento.
El hombre se ríe y asiente. Otros dos hombres que hasta hace instantes hacían huecos en la arena se acercan y forman una ronda. El primero estira el brazo:
–Me llamo William –dice.
Los otros dos lo imitan. El de anteojos grandes con ojos grandes se llama Armando. El joven de 24 años y cuerpo de gimnasio sin descanso se llama Guadalupe.
–¿Guadalupe? –vuelvo a preguntar.
–Si, Guadalupe, afirma.
El hombre de músculos fuertes con nombre de virgen me mira tranquilo.
–¿Sos de Tijuana? –le pregunto a William, ahora que todo su cuerpo se encuentra de este lado.
–No –responde.
–¿Estás paseando?
–No, vivía en EE.UU
–Ah, vos podés entrar y salir –insisto.
–No.
Me quedo un rato pensando. Los otros dos me miran un poco azorados. No estoy viendo la escena y ellos –creo– esperan que la entienda de una buena vez.
Por fin Armando se apresura y confiesa como si se estuviera justificando.
–A mí me deportaron hace tres días.
–¿Y qué vas a hacer? –pregunto
–Vamos a cruzar esta noche.
Miro a los otros dos esperando un gesto desaprobatorio. De ningún modo puedo creer eso. No sé por qué no puedo. Será que es mi primer día en la ciudad y no lo esperaba. Será que me siento turista. Será que estoy tan cerca de EEUU que todo puede parecer un atractivo turístico, hasta un muro. Los miro y las tres cabezas dicen lo mismo: sí, vamos a cruzar esta noche. Los motivos son casi siempre los mismos: la gente cruza por que quiere vivir en EE.UU, porque quiere mejores trabajos, o porque ya se acostumbró, o porque sus padres los llevaron desde pequeños y ya formaron una familia, o porque sus hijos nacieron allá. El tema es que en los años que los mexicanos logran vivir en EEUU no pueden, o no logran hacer sus papeles de visa. Armando vive en San Diego hace 15 años. Un día lo agarraron conduciendo ebrio y lo mandaron de vuelta. Así sucede un día: de noche y desorientados cruzan a un país que conocen apenas por el acento y porque de su boca nunca se les cayó el verbo chingar.
Armando abre la mochila:
–Mira: acá tenemos la soga.
–Me quedo con ustedes hasta que crucen –les digo. La soga está dentro de una bolsa de plástico blanca. El plan parece sencillo: esperar a que sean las 7 de la tarde, a que baje la niebla. Primero tienen que pasar por un túnel hasta llegar a la parte del muro más nueva, paralela a la primera construcción. Esperar el cambio de guardia. Tirar la soga, trepar, correr por la arena, rogar que los sensores del muro no alerten a la migra, correr, correr, correr. La niebla en esta zona es una aliada. ¨Por las otras extensiones de muro las patrulla migratorias están muy presentes y los sensores de calor detectan el movimiento. En otras zonas de la frontera, ni eso hace falta. Se sabe que adentrarse al desierto es ser abono para esta tierra infértil. Engrosar los 10 mil muertos contabilizados desde que comenzó a construirse el muro, en 1994. Sólo la franja que separa a Tijuana con San Diego tiene 14 torres de cámaras y 59 cámaras de vigilancia en 17 kilómetros de largo. EEUU construyó esta sección reforzada como parte del Operativo Guardián, que puso mano dura a la inmigración ilegal al norte. En la construcción de la cerca para dividir San Diego de Tijuana se usó material extraído de la guerra de Irak, como láminas de las pistas de aterrizaje. Después se construyó otra valla de concreto reforzado de 4 metros de altura. Esto es así: a los límites hay que construirlos como certezas.
Armando saca del bolso una foto pequeña. Un niño rubio de unos tres años disfrazado de aviador mira a la cámara.
–Este es mi hijo, yo tengo que volver por él.
A través de los barrotes la patrulla migratoria sigue estacionada y un helicóptero recorre la ruta como un zancudo entrenado.
Son las 18.15.
–Ya vámonos –dice Armando.
Insisto en quedarme con ellos. Ellos insisten en que cerca del muro, allá por donde cruzan, no hay gente buena. Que podrían secuestrarme y vaya a saber Dios. Que los coyotes, esos hombres que por mil dólares te cruzaban ilegal por la frontera hasta EE.UU, ya no son confiables. Ahora te cobran entre 5 y 8 mil dólares y nadie te garantiza pisar el patio vecino. En el mejor de los casos Armando llegará a San Diego, William volverá a Miami con su tía y Guadalupe empezará su vida en tierra gringa.
–Anota mi teléfono, me dice William. También insiste en que lo busque con nombre y apellido en la página de Facebook.
La analogía es siniestra: la próxima vez que vea a William, también será del otro lado de un muro.

***

Siento como trepan por mi cuerpo y las manos se le quedan secas por el óxido. Pasan agitados y si la patrulla no los alcanza, puedo perderlos de vista hasta que se convierten un punto móvil camino al norte. Después supe que fueron diez mil. Ahí fue que clavaron las cruces, que inscribieron los nombres, que tallaron mi cuerpo, que me obligaron a recordar:
Óscar Alcalá Gopar, Praxedis Salinas Palma, Juan Pablo Córdoba, No identificado, Álvaro Herrera, Gustavo Barajas, No Identificado, No identificado, Ramiro Castorena Martinez, Sotero Gómez Viveros, Pedro Contreras, No identificado, Feliciano Tadeo Hernández, Gustavo Muñoz Cazares, Alejandro Ramos Sabala.
Traicionado por los coyotes. Perseguido por la migra.
Siento esa cruz sin nombre en la espalda. No es la única. Todas dicen lo mismo: no identificado.
Ya he visto tanta muerte que no quiero suponer. Pero con los nombres no se sabe así que yo siempre digo lo mismo. Si alguien me pregunta, si me obligan a recordar, contesto lo de siempre: supongamos que se llamaba Carlos. 

***

Eva cruzó la frontera hacia Estados Unidos hace 30 años, cuando el muro aun no existía. La cruzaron ilegal para trabajar en el campo, con la promesa de los papeles de residencia. Estaba embarazada de su primer hijo. No se sabe cuan desterrada debe haberse sentido, el caso es que decidió nombrar a su hijo con la misma marca del destierro. Adán llamó a su primogénito. Como si al partir Eva también necesitara la impronta simbólica que dan los nombres.
Adán tiene 30 años y maneja un taxi en Tijuana. Lleva 30 años de residente en San Diego trabajando como mecánico. La residencia es una instancia legal que le permite ir y venir sin problemas.
–Yo soy residente pero nunca quise ser ciudadano porque te hacen hacer un juramento a su país y yo nunca quise eso porque es traición y a mí no me gusta la traición, no quiero ser ciudadano –dice este hombre inmenso y saludable que vivió hasta hace tres meses en Estados Unidos.
Ahora trabaja de taxista porque se separó de su mujer y no hubo cosa mejor que tener un muro en el medio para sentirse definitivamente lejos. La idea es recorrer la extensión de muro que atraviesa Tijuana y viajar pegado a ese cuerpo metálico lo más cerca posible, como un felino encerrado que se rasca el lomo con las rejas. No siempre se puede viajar pegado al muro: hay zonas en las que se pierde entre los desniveles del paisaje y ese cuerpo fino comienza a quedar lejos.
El teléfono de Adán suena:
–Traigo un cliente conmigo ¿me necesitas?… Ajá… híjole güey, es que traigo unos argentinos en mi carro, güey, márcame luego güey, que te llevo pa mi casa. Adán corta el teléfono.
–Un amigo dice que no tiene papeles de aquí y que la policía lo está correteando y quiere que lo ayude a escaparse. Lo puedo esconder en mi casa. Lo deportó la migra de allá, y lleva una semana aquí en Tijuana. Él necesita dinero para la identificación. Al gobierno le vale madres, no le importa. Trabajaba en la construcción, la migra le quitó sus papeles de residencia porque tuvo un caso de drogas y eso no se perdona en Estados Unidos.
Adán no parece alarmado con el llamado. En algunas ciudades, en Tijuana por ejemplo, ese aparente azar que parece trágico y desordenado, es cosa de todos los días para los que tienen que ir y venir sin nombres en un papel. Lo que sucede hoy es una copia más o menos parecida de lo que sucederá mañana.
Por la Carretera Libre, Adán me invita a que vea a mi derecha: allí el muro aparece y desaparece. Son cerca de las dos de la tarde y el sol muestra el paisaje sin dejar sombras por ningún lado. De pronto, lo improbable, lo que no debiera suceder, sucede. Adán se altera. Yo quedo sobresaltada.
Bajo ese sol de la siesta, dos hombres están saltando la segunda valla del muro. El auto sigue camino por la autopista y puedo ver esa imagen fragmentada: el torso de uno, en cueros, brilloso, de pelo largo, una pierna de un lado de México, la otra del lado de los sueños. Un poco más abajo viene trepando otro. No logro ver su aspecto. Supongo que los dos están desesperados y agitados y uno le grita al otro algo de apúrate güey –quiero imitar el acento en mi cabeza– y el otro estira las fuerzas sin pensar en nada más que en correr. El mismo trayecto del auto hace que el muro quede detrás de unos pequeños cerros que bordean la ruta. Adán intenta acelerar para no perder ese relato exprés de la fuga que nos sorprende a los dos.
–¿Ya miraste? –dice exaltado–. ¿Ya miraste? –repite.
El cruce torpe supone un final predecible: un poco más adelante, el auto de la patrulla migratoria llega hasta donde están los migrantes inexpertos.
Adán me mira y me dice con una sonrisa: Ya viste un brinco.
Mirar un brinco suena al bautismo del azar en la ciudad con paredes. Son pocos los que logran verlos. Me siento extrañamente bendecida. Llegamos de nuevo a la zona de playas y Adán asoma la cabeza por los barrotes oxidados. Ese gesto de nuevo: asomar la cabeza por los barrotes en dirección al norte. Como estar hundiéndose y tener de suerte o de milagro las tablas que te llevan de nuevo a la superficie. Sólo que con las tablas del muro, la imagen se mantiene con la misma asfixia estática: uno puede respirar, lo que no quiere decir que uno pueda moverse.
Respirar sin moverse: la paradoja de nacer sin visa.

***

Hoy imaginé mi muerte. Todo me duele y parece no tener fin. Lo peor de todo es no poder dormir. Lo peor de todo es que no sé cómo, pero este cuerpo mutilado me sigue creciendo, y creciendo, y creciendo. En mi muerte todos eran desordenados y felices. Incluso yo. 

***

La garita de San Ysidro, junto con la garita de Otay, es uno de los pasos legales para cruzar a Estados Unidos. Por acá transitan los seres humanos considerados legales. Para eso, en el caso de venir a pie, hacen una fila ordenada al costado de la calle debajo de un techito tan angosto como la fila. Al costado de la fila ordenada, otra hilera prolija de automóviles encara la frontera con la paciencia que sólo se puede obtener gracias a la costumbre o la resignación. San Ysidro es la puerta grande. No tengo visa, así que no formo ninguna fila y me adelanto. Un hombre pasa con un perro bóxer. No sé si los animales necesitan visa. Me da vergüenza preguntar. No pregunto. Preguntar acerca de lo cotidiano puede dar un pudor extraño. Ese día ocupa la extensión casi la extensión de una cuadra.
Tendrán suerte: aproximadamente una hora estarán en San Diego.
La fila avanza.
Esta entrada es el paso fronterizo más cruzado del mundo. Algo así como 50 millones de personas la cruzan por año. Esta ruta es la elegida por los coyotes para pasar a la gente en los autos. Las estrategias varían: se puede ir apretado en la cajuela, enrollado en una

alfombra y hubo hasta quien se disfrazó de Chica Súper Poderosa y se metió dentro de una piñata gigante esperando no ser advertida por las autoridades.
Pienso que debería haber una visa especial por el intento más original.
Sobre una reja blanca leo un cartel de fondo azul: “Explosivos, armas, objetos que son peligrosos y que causen daño, son prohibidos”. En esa parte del muro, lo obvio es la forma más sutil de la violencia.
Una fila paralela se forma al costado. Es más pequeña y más lenta. Allí se dan las tarjetas de cruce migratorio, que no son válidas para trabajar o residir en Estados Unidos, que duran hasta 30 días y con las que se pueden transitar hasta 25 millas pasadas la frontera. Alberto está con Gloria, su madre. Hace casi veinte años maneja camiones en San Diego. Ahora su madre quiere cruzar porque su hijo está enfermo del otro lado y ella no tiene papeles.
Entonces Alberto va a insistir para que le den la tarjeta migratoria. Ella es pequeña y callada.
Él tiene el porte de los que están de paso.
Me pregunta si voy a estar mucho tiempo en Tijuana y si voy a cruzar la frontera.
Contesto con un no a ambas preguntas y amplío la respuesta con cara de turista ansiosa: me voy a conocer la Riviera Maya. Y él, sonriente, bajo la fila angosta y lenta como un gusanito de la garita de San Ysidro; él tan mexicano, con su madre tan mexicana tan chiquita y tan desesperada, me hace la pregunta más gringa que me hicieron desde que pisé la ciudad:
–¿Eso queda en Perú?
Es así: hay mexicanos que en México están de paso.
Cruzando un puente del otro lado de la vía, está la entrada a Tijuana desde Estados Unidos. Es apenas una puerta giratoria de hierro pintado de blanco que no para de hacer ruido cada vez que alguien entra. Allí no hay carteles. Allí no hay controles. Allí murió Anastasio Hernández Rojas en 2010 con descargas eléctricas hechas por policías de frontera. Se resistió pero en vez de deportarlo, en vez de apresarlo, lo asesinaron. Un video triste y célebre en YouTube lo muestra tirado en el suelo, todavía vivo, recibiendo la descarga de una jauría de policías uniformados.
En esta parte del muro todo es lo que parece.

***

Todos los días es lo mismo. Yo veo pasar los autos, yo veo pasar la gente, yo los veo morir.
Yo los veo intentar.

***

Carmen atiende el teléfono con un Aló prolijo.
–Quisiera hablar con William –digo del otro lado. Hace silencio y duda.
–William no vive aquí, responde con la voz entrecortada.
Me pregunta quién habla. Le doy mi nombre y el dato es tan insignificante para Carmen que comienzo a darle detalles: el muro, Tijuana, la niebla, la soga, el túnel, el miedo.
Carmen hace silencio.
–No lo lograron –dice–, los cogió la migra antes de llegar a San Diego. William está camino a Nicaragua en autobús donde se va a encontrar con su padre porque su madre fue asesinada cuando él era pequeño. Que su padre estaba muy preocupado con eso del cruce por el muro. Y que ella también estaba muy preocupada. Que ella ve por los noticieros la cantidad de gente que se muere haciendo esas locuras.
Que ya Dios va a hacer que le den la visa para que él pueda ir a Miami.
Que Dios le va a dar la visa.
Si, claro: Dios.

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