Escuela de perros

0 Posted by - 30 junio, 2013 - Crónicas

Por Sol Aliverti.

La Flaca es una pequeña perra negra de madre pequeña y blanca. Sale al encuentro al final del camino de tierra que entra al campo donde ella es la única en su especie que no vive detrás de un alambrado. Antes, justo cuando el camino empieza en una callecita al costado un cartel dice: “Centro de reinserción de caninos y equinos en situación de abandono”

Algo así como un reformatorio.

Algo así como un centro de rehabilitación.

Algo así como un orfanato sin techo.

El cartel está ubicado a 230 kilómetros de Córdoba Capital, en un campo de 20 hectáreas ubicado en la ciudad de Río Cuarto. Río Cuarto tiene una población de alrededor de 200 mil personas. Río cuarto tiene una población de 50 mil perros. Algo que hace pensar que en Río Cuarto hay más ladridos que piedras. Algo que hace pensar que en Río Cuarto es más fácil encontrar un perro que un dentista. 10 mil de ellos viven en la calle. “Es que a los perros de la calle nadie los quiere adoptar” dice Paulo Rizzos, un veterinario del área de zoonosis de la Municipalidad, y encargado del centro de reinserción canina. Suena lógico: un perro de la calle no está vacunado, no responde a ningún mandato, ni sabe hacer el muertito, ni sentarse cuando se lo piden.

Nadie quiere a un perro maleducado.

Entonces, justamente eso – buscarle un destino – fue lo que se propuso hace cuatro años el equipo de Zoonosis del Ente descentralizado de Control Municipal (ENDECOM), perteneciente a la Municipalidad de Río Cuarto. “No queríamos un depósito de perros”, dice Marcelino Carranza, sentado atrás de un escritorio en las oficinas diminutas y blancas de Zoonosis. El programa tiene una circularidad sencilla: sacar a los perros de la calle, castrarlos, llevarlos al campo de adiestramiento, entrenarlos para que sean perros bomberos, o policías, o lazarillos. O perros buenos, simplemente para darlos en adopción.

Tener perros en la calle no era problema menor para quienes se embarcaron en este proyecto. Eso significa que en las plazas crecen y se crían parásitos, que las jaurías reconocen las presas cuando éstas están en movimiento. Es decir, una moto es algo que hay que cazar. Es decir, la calle como lugar de sobrevivencia donde todo lo que se mueve es potencialmente masticable. Eso sin contar la caca, las bolsas de basuras desparramadas en las veredas, las mordeduras, la rabia, los ladridos a medianoche.

“Cuando un perro te quiere atacar es mejor no moverse. No hay que mirarlo nunca a los ojos. Hay que darles la espalda. Porque si te movés ellos te identifican como una presa. Hay que hacerles saber que ellos son los amos, tirarse al suelo y hacerse como una pelota. Llega un momento que se aburren y se van”, revela Marcelino como contándole un secreto a un chico. Paulo hace los ademanes actorales y vuelve a repetir “Nunca hay que mirarlos de frente”.

Pero claro, tampoco era cuestión de solucionar las cosas haciéndose un bollo en el suelo. Y estos dos veterinarios lo tenían más que claro.

En el campo donde vive y reina la Flaca pareciera que sólo hay polvo y silencio. Pero a un costado – allí donde ella se dirige libre – el silencio empieza a cortarse. En una hilera angosta cercada por alambres 15 perros comienzan a despertarse. Entonces uno ladra, y el otro también y el silencio se vuelve un estruendo de ladridos alternados. Ellos son los camaradas de la Flaca que tuvieron la perra suerte de nacer y vivir en la calle. Pero esos días terminaron. “Cuando viene gente se potencian”, dice Paulo acercándose a saludar a los canes. No recuerda el nombre de todos.” Este es el Corbata”, dice saludando a un perro negro de manchas blancas en el pecho. El corbata salta, saluda, ladra, rasca la puerta. Contento por la visita, quien sabe. Contento porque además de la visita, además de la mano que lo saluda por el alambre, alguien por primera vez le dice “el Corbata”, dándole además de un nombre, una identidad. El Corbata está, al igual que el resto, apara educarse, entrenarse y volver a la sociedad como un can útil.

Mario Rosillo saca a la Susi de su canil de 10 metros de largo por 3 de ancho. Atrás se quiere salir el único perro que la acompaña. No tiene nombre y su cuerpo es marrón y robusto. “Salí, salí”, le dice Mario empujándolo para atrás. El resto ve la escena y empieza a ladrar. Es que el entrenamiento es una especie de recreo ene esta escuela sin paredes y el ladrido es como un reclamo insistente para participar de la clase. La Susi se adelanta contenta a las manos de Mario y lo acompaña a los saltos al terreno continuo a los caniles. Los otros se callan y aquellos que comparten el canil, empiezan a jugar entre ellos, en esa convivencia forzada y temporal que aprendieron a compartir.

La Susi mira hacia arriba, y se sienta. Espera las órdenes de Mario. Mueve su cola con la euforia de saber que está a punto de hacer algo que ella aprendió al pie de la letra. Con esa energía de que en el paso siguiente no va a haber error, porque ella ya aprendió. Mario pone una mano paralela al suelo por arriba de la cabeza de Susi.

La Susi se queda observando los guantes negros, conteniendo sus patas en el suelo hasta que Mario le dice “vamos” y a ahí sale la Susi, corriendo atrás de los pies de aquel hombre de pantalones anchos y botas negras. Mario se para y vuelve a poner las manos sobre la cabeza de la Susi y le dice “shhhh” y luego “Sit”. Y La Susi no ladra. La Susi se sienta. Ella tiene 4 años de vida en la calle y apenas una semana de entrenamiento. Mario le da un puñado de alimento balanceado y le acaricia la cabeza.

La Susi no dice nada. Come de la mano de su entrenador, mueve la cola y vuelve al canil.

La Flaca mira de lejos.

Mario Rosillo es el veterinario adiestrador en el proyecto. Tiene 54 años y vino de la provincia de Corrientes a colaborar con un caso de un niño desaparecido. Los perros que el había entrenado por ese entonces se encargarían de la tarea de búsqueda. Desde la municipalidad le propusieron que se quede a formar parte del proyecto y Mario aceptó.

“Primero hacemos una selección de los perros que van a venir al programa de acuerdo a su carácter y su comportamiento. Vemos sus características: si tiene motivación al juego. Evaluamos si el perro ha sido muy maltratado, si tiene aptitudes de sociabilidad. Pero generalmente todos los perros de la calle son muy sociables, así que no hay problemas en ese aspecto”, explica sin hacer pausas.

Una vez seleccionados empieza el circuito: se los somete a una cirugía de castración, se los lleva a un corralón municipal y ahí esperan hasta ingresar en el programa. Los que no son aptos para realizar tareas forenses, por ejemplo, son entrenados para darlos en adopción.

Los que ingresan al programa se someten a una nueva selección. Hay perros que llegan muy deteriorados por el maltrato y suelen desarrollar fobias, como las fobias sociales, a los ruidos fuertes. Esos perritos sumisos que esconden la cola y escapan cuando alguien los quiere tocar

Porque No todos los que llegan al programa maleducados. Vivir en la calle también genera traumas: “Vimos una perrita que era muy dominante, muy buena. Se notaba el maltrato que tuvo. Se echaba para que le rasquen la panza entonces le dije a una señora que estaba acá que no le rasque la panza porque eso era de sumisión y hacerlo significaba recordar su pasado.”

Para modificar esas conductas lo que hacen es crearle otros estímulos que generen otras respuestas a través del juego y la asociación. Por suerte la Susi no tiene ninguna fobia. Se le nota cuando llega al canil y toma agua del recipiente de que comparte junto a su compañero marrón.

Mario pasa sus tardes en ese campo que pareciera no estar rodeado de nada. Porque en Río Cuarto todo es campo. Un paisaje plano en una ciudad de edificios bajos en donde la llanura existe porque no existe nada que la detenga. Mala suerte para los perros: les tocó vivir en un paisaje sin escondites y ahí está Mario para enseñarles de nuevo eso que no aprendieron nunca.

Los 15 perros que ahora están en el programa serán destinados a casos forenses. La técnica que utiliza Mario es la de colonización olorante. Se trabaja a través de la memoria olfativa de corto y mediano plazo para que puedan detectar restos humanos. Eso por lo general tarda cuatro meses, pero lo están realizando en un mes. Lo que implica que dentro de no muy poco ahí donde vive la Susi y su compañero marrón va a haber otros futuros egresados de esta escuela.

El programa se concretó este año. Hasta el momento sólo tienen que lidiar con los furiosos libertarios caninos, quienes soltaron a la primera camada de perros la primera noche que estuvieron en el campo. Para que estén libres, nomás. El campo de 20 hectáreas, más un centro de castración gratuito que sirve, no sólo para los perros del centro de rehabilitación, sino para toda la comunidad, tuvo una inversión de aproximadamente 45 mil dólares.

“Queremos una sociedad que no tenga perros en la calle” dice con seguridad Marcelino Carranza, y lo dice levantando las manos. Seguro, como si empezaran una gesta épica. “Si decimos que queremos cien perros en la calle, vamos a tener mil, así que mejor aspirar a no tener ninguno, así por lo menos nos quedan 100”, vuelve a repetir un poco más modesto. Además, comenzaron a dar clases en las escuelas sobre la tenencia responsable, algo que incluye ser tener absoluto dominio sobre los cuidados de los canes. “Queremos meternos en las casas, ayudar a la gente a que entienda sobre los beneficios de la tenencia responsable. Lo que pasa es que no hay identificación con el animal. Ya nos dimos cuenta que una sanción no era suficiente. Nadie iba a pagar nada. Sobre todo porque la mayoría de los perros están en las zonas periféricas. Entonces si le deciámos, ´mira que te llevo al perro, ellos decían, ´entonces llevalo´”

El equipo nombra los pilares del proyecto como una oración circular que hay que repetir para obtener el éxito: educación a la comunidad, castración y reinserción. Algo que les viene resultando ya que Río Cuarto fue declarada “Ciudad no eutanásica”.

A la Flaca nadie le enseña y se traslada de un lado al otro.

Se tira al suelo y se abre de patas panza al cielo. Paulo se acerca y le acaricia es picazón que no existe.

- ¿La Flaca se tira al suelo porque también tiene un trauma?

- No, lo hace de cariñosa nomás, responde Paulo mientras ella revuelca su espalda en el pasto seco.

La Flaca sabe de la perra suerte. Ella es la única de sus 15 camaradas que nació bajo los días seguros de la mano del amo.

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