Kolla en la ciudad

0 Posted by - 26 octubre, 2013 - Documentos

Es el relato de un descendiente de la comunidad indígena Kolla de la provincia de Salta.

Los integrantes de las comunidades Indígenas de la Argentina están sufriendo desde hace años  tanto la invasión territorial, como así la de sus costumbres milenarias, debido a la apropiación de tierras por parte del Estado y de la extensión de la frontera agropecuaria. Esto trae como consecuencia que las comunidades que están cercanas a urbanizaciones pierdan identidad, debiendo dejar de lado parte de su cultura, costumbres y religión adecuándose a  formas impuestas por otras civilizaciones. En muchos casos, abandonan el espacio donde viven mudándose a ciudades en busca de trabajos por dinero.
Gavino Zambrano es integrante de la comunidad Indígena Kolla, originaria del norte de Argentina y del sur de Bolivia. Se fue a los 16 años de su hogar en la localidad de Iruyá, en la provincia de Salta, Argentina. Partió cuando su hermano de 6 años fue apropiado por una familia que prometió llevarlo a estudiar a la gran ciudad. Se encontraron 10 años después en la ciudad de Ramallo, provincia de Buenos Aires, luego de una búsqueda de dos años. Con una adolescencia interrumpida por la incertidumbre del paradero de su hermano, recorrió los rastros que los “gringos” que se lo llevaron habían dejado desde Salta hasta Buenos Aires.
Para sumar más dolor dolor a su joven desarraigo, ocurrió que cuando se encontraron no pudieron “hermanarse” ya que su hermano creyó que su propia familia lo había abandonado y Gavino tuvo que retirarse.
No se desanimó y decidió quedarse cerca. Trabajó en la provincia y luego se fue a la Capital. Allá por la década del 70, vivió los años de mayor movimiento donde maduró y conoció a los que viven en la ciudad. Se radicó en la villa 31 donde ahorró y se compró su primer terreno, trabajó con el padre Mujica y luego se mudó a un barrio del conurbano.
“Es dura la soledad del asfalto”- dice Gavino- cuando recuerda que su primer trabajo rentado fue en edificio Del Plata como empleado público: “Ahí conocí lo falso de la gente de la ciudad, vivía en un hotel y trabajaba en un edificio enorme, se asombraban de cómo un indio podía hacer todo eso, pero nunca renegué de mis antepasados, durante un tiempo iba a la estación de retiro a ver si bajaba algún conocido del tren”.
Cansado de lidiar con los compañeros empezó a trabajar independiente repartiendo en una panadería. Aprendió el oficio y se unió al sindicato donde militó mientras no se cansaba de fabricar y vender los productos.
Hoy fabrica comidas típicas de su lugar de origen: tamales, empanadas y humitas y las vende en las ferias de las plazas de la capital y provincia. “La causa aborigen te hace sentir que viniste  a hacer algo a este mundo, te hace una columna vertebral fuerte”, cuenta Gavino mientras estacionamos en su Ford Falcon blanco en el centro del “Fuerte Apache”, conocido por ser el barrio de Carlos Tevez. “Acá en el fuerte hice de mis mejores amigos”, recuerda. “Cuando tenía 8 años me llevaron a conocer la ciudad (Salta) y me partieron la cabeza, ahí me di cuenta que yo era diferente para ellos”. Sintió tanto apego al fuerte que ahora vive a unas cuadras  y sus amigos  Víctor y Sabina son sus ayudantes.
Pasaron casi 40 años desde que comenzó su viaje. Tiene dos hijos grandes y Rosa, su compañera, dos hijos más. Ve a su hermano mucho más seguido: él perdonó lo que pasó y valoró el esfuerzo de Gavino para que se encontraran.
Son las 6 de la mañana de un jueves de verano y el auto está sobrecargado para partir a la ciudad de La Plata, donde venderá los productos  en la carpa  que consiguió para ese fin de semana. Rosa no entra al auto y saluda desde afuera. Ella viajará en bus y se encontrarán luego.  
La casa en el partido de Ciudadela no quedó sola, adentro están las cartas de sus familiares ya fallecidos en una bolsa con algo de tierra y barro de Iruyá que Gavino encontró en las viviendas abandonadas en la última visita a Salta. Afuera, en alguna plaza de Buenos Aires, Gavino el Kolla de Salta le está entregando una empanada o un tamal a un porteño que si presta atención puede ser usted.

Texto y Fotos: Sebastián Salguero

 

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